¿Entonces cuándo Lupita? Fue la pregunta que por enésima vez me la había hecho el asqueroso de Joaquín dueño de la “vulca” de enfrente mientras me daba un billete de 200, para pagar una coca y unos chettos.
Todas las cajeras lo conocen, pues todos los días viene al súper a comprar cualquier estupidez con el afán de conseguirse a cualquier “taruga” que tuviera un problema de dinero. Sabrá Dios cuantas de ellas han estado en su cama, y yo estoy segura que no seré una más.
Creo que si el inspector no hubiera estado ahí ese día; juro que de menos, una cachetada le había plantado y le hubiera gritado al cabrón que yo no soy una cualquiera, que nunca me acostaría con él aunque fuera el último hombre en la tierra y mucho menos por dinero.
Pero sólo arrugué con rabia el billete y le di el cambio con la sonrisa fingida y le contesté cínicamente “nunca”.
Ese día el súper estaba lleno, y lo que más quería es que se dieran las nueve de la noche para largarme a mi casa, lejos de los robots que van de compras, que como idiotas se ponen a imitar unos con otros, deambulando por los pasillos llenos de objetos y comestibles. Seres a los que se les olvida que sólo son cosas materiales, cosas que nunca lograrán llenarnos por completo, inconcientes de que aunque compren el súper entero, siempre faltará algo en su alacena. Aunque pensándolo bien lo “mismito” pasa con la vida, porque no se puede tenerlo todo en la vida, si se está bien con algo, no ha de faltar “la mosca en el pastel” para que todo se arruine.
Pero yo no tengo porqué quejarme, tengo a mi padre, a mi hijo, un trabajo…
Agotada, paso producto por producto en el registrador, y cada vez me acostumbro más con el “pip… pip…pip…” y fingir una sonrisa a todo aquel que tiene el “detalle” de voltearme a ver a la cara; también se me está haciendo más normal.
El solo hecho de pensar que pronto será Navidad, me pone de malas, habrá que trabajar desde temprano…por otro lado, estoy ansiosa de que se lleguen esas fechas porque con sacrificio he logrado juntar el dinero para comprarle la bicicleta que quiere mi Juanito para Navidad y hasta me sobrará para pagar los meses de renta que llevamos atrasados.
Veo mi reloj y apenas son las ocho y afortunadamente ya hay pocos clientes.
Giro la cabeza y veo a don Refugio con su cabello gris, con el cuerpo encorvado ya cansado de embolsar. Recuerdo la triste cruz que le tocó cargar, tener unos hijos malagradecidos y huevones que no le dan ni un quinto para ayudarle con sus medicinas.
No logro entender el porqué hay tanta injusticia, yo nunca pondría a mi padre a trabajar después de todo lo que me ha dado en la vida. Pero como dice mi abuela “cría cuervos y te sacarán los ojos” pero al pobre de don Refugio, le habían tocado unos cuervos vegetarianos pues ni para sacarle los ojos sirvieron.
Hecho un vistazo a mi compañera de pelo rubio con raíz negra de enfrente, que como siempre está de chismosa con las demás, hablándose casi a gritos. Y aprovecho para ver detenidamente al cajero nuevo que tiene “buen lejos” porque no he tenido la suerte de encontrármelo de frente.
¡Por fin se dan las nueve! voy por mis cosas con los pies adoloridos, como siempre termino, con un terror enorme porque me comiencen a salir las famosas várices.
Después de salir y despedirme de mis compañeros, me dirijo a pie hasta mi casa, todo con el fin de ahorrar y de paso para activar la circulación de mis piernas.
Cuando me fui acercando a la calle más oscura, miré a todos lados pero un escalofrío recorrió mi espalda. Como si supiera que algo malo me iba a pasar.
Entonces pasó: tres tipos salieron de una casa en obra negra y el más grande, me amenazó con una navaja, me sujetaron y me pidieron que les diera todo lo que llevaba. Con miedo saqué lo que traía y después de que revisaron que fuera todo, me soltaron. Lo único que hice fue salir corriendo y llegué en tiempo record a mi casa.
Aunque llegué llorosa, por no asustar a mi papá hice como si no pasara nada. No podía decirle que los ahorros para la bicicleta de Juanito y el pago de la renta, que había retirado de "mi guardadito" antes de entrar al trabajo, se los habían llevado unos ladrones.
¿cómo le haría para conseguir tanto dinero en tan poco tiempo?
Al día siguiente que Joaquín fue otra vez al súper, pidió una cajetilla de cigarros, pero me extrañó que no me hiciera la pregunta que siempre me hacía. Entonces respiré, tomé una decisión y en voz baja le dije: “Hoy a las ocho en el hotel los girasoles…lleva dinero y llega temprano” después me pagó la cajetilla, me sonrío y me cerró el ojo.
“nunca digas nunca”


