¿Es por eso que dueles tanto? ¿por qué aun estas vivo? ¿o dueles por qué estas muerto, pudriéndote dentro de mi y me estoy muriendo por tenerte muerto adentro, por eso muero por dentro.
¿Es por eso que se sigue moviendo la puerta desesperada para dejar escapar la lluvia acumulada en días de incontables recuerdos?
¿Es por eso que sigues y sigues en mi? ¿sigues en él? ¿es por eso que no me he podido mover de este asiento desde que me puse a descansar de tanto correr para escapar de ti y de todo lo que significas?
¿Es por eso que siempre me sentare a escribir para liberarte y cuando te de la gana regreses y no me dejes morir?
Es por eso que hoy tenemos que hablar de lo que debemos dejar ir.
Al menos te debo siete frases por todos los días que estuviste conmigo, soportándome, entendiendome, mandándome al diablo probando la desesperación que sólo ocurre cuando se ama.
¿Es por eso por lo que dijiste un buen día que ya no eras él que iba a estar conmigo? ¿él que un día se dio cuenta que yo era demasiado lo que no querías ser y por eso decidiste regresar a lo que eras antes de que te mostrara lo amargo del cariño sincero y eterno que siento?
Al menos te debo el resto de mis letras, la eternidad del fin de mi mundo contigo, el que construimos con sus eternos amaneceres, sus innumerables atardeceres y el monstruo de mil brazos que en mil noches te abrazará.
Al menos te debo lo que escucho cuando pienso en lo que te debo.
Toma, quédate con los minutos que te regalé, te los envío en una caja de mensajería instantánea que no me pidió explicaciones de su contenido. Me decidí a darte los minutos que estaban guardados abajo de los sueños que tuve a tu lado y que se quedaron en eso, solo sueños.
Quédate con los minutos, puedes hacer varias cosas con ellos, puedes formar horas o puedes formar lustros, puedes formar lloviznas y montañas, en esos minutos los podrás encontrar, puedes formar horas entretenidas, puedes formar figuras caprichosas o puedes formarte una idea de lo tanto que te amé.
¿Dónde esta tu pasaporte para dejarte ir? ¿dónde dice que puedes irte de mi? Hay que dejar ir todo, me lo diría el psicólogo personal que dejaste de ser para mi, me lo dirías tu cuando decidimos deshacer a la hermana república del entendimiento para formar el país que se lo cargó la chingada, cómo el país en el que vivimos, en el que estamos… estamos jodidos pero eso sí, queriéndonos bien y vivos.
Nunca te he retenido. En verdad recuerdo que nunca te he retenido, te he dejado ir siempre, nunca cerré la puerta de salida porque la deshice desde el primer momento en que supe que la usarías de pretexto para quedarte un rato más.
Nunca te he dicho que te quedes para recordarme como era él y sus cursis groserías que tan bien le quedaban a mis crudas realidades.
Nunca te he pedido que te quedes recuerdo, pero regresas de vez en cuando, sueles venir cuando llueve, pidiendo un poco de alojamiento en la cantera o viendo la serie de televisión que nunca nos gustó, sueles venir y miras las fotos que tenemos juntos y entonces, mientras estoy distraída de la nada me dices: -¡Mira esta foto! ¿recuerdas ese día? y entonces dejo lo que hago y me siento contigo a ver foto por recuerdo y recuerdo por foto.
Nunca te he pedido que te quedes recuerdo, entonces ¿por qué me visitas tan seguido?
Cada centímetro de la piel de todos los hombres es el camino inequívoco a recordarte, cada forma y curva de un cuerpo sólo me recuerda los minutos que tarda uno en atravesar los tramos inmensos del fin de tu vergüenza.
Cada broma que me hago me obliga a pensar por ti la respuesta que darías y por cierto, tengo que decirte de varias expresiones tuyas que me he quedado, que las uso seguido, que las quiero, que ya contraté a un abogado para quitartelas, porque ya son más mías que tuyas, seguro que las siento más, seguro que ya tengo más derecho a usarlas que tu.
Si tengo que dejarte ir al menos me quedare con lo que creo que me he ganado:
Con las sonrisas me quedo.
Con las noches a la puerta de tu casa me quedo.
Con el lago y el atardecer me quedo.
Con las cervezas me quedo.
Con tus ganas de terminar el mundo a mi lado me quedo.
Con la naturalidad con la que te deshiciste de mi recuerdo… eso puedes llevartelo, no me interesa, me interesa recordarte.
Hay que dejar ir todo, todo lo que te ata, todo lo que te mantiene amarrado en un lugar con el cantinero preferido de tu desgracia sacado de una película en blanco y negro. Aquel al que siempre me acerco y pregunta: -¿Que te trae de nuevo por aquí? ¿te sirvo lo de costumbre?, entonces subo la cabeza y no le respondo… y él hace el resto.
Después de eso por lo regular se acaba la película de tu recuerdo y el día vuelve a empezar hasta que sea momento de ir al cine de nuevo.
Hay que dejar ir todo, cómo si no hubiera valido la pena vivirlo, cómo si todos los momentos acumulados valieran en pesos cubanos. Hay que dejar ir todo para descansar, para poder seguir y dormir pero sobretodo para despertar con ganas de hacer algo nuevo.
Ahora se puede hacer todo, construir vidas de nuevo y bromas nuevas con potencial de convertirse en clásicos locales. Ya se puede hacer todo, ya se dejó ir todo, hay que hacerlo antes de comenzar y continuar con todo.
Adiós, se acabo, se murió lo muerto… ahora estas vivo de nuevo.